Chema Rodríguez ya tiene en el mercado su primer libro.
Chema no es un personaje desconocido. Todos aquellos viajeros ávidos de informaciones y consejos de gente que comparta un cierto sentido y valor del hecho de viajar, escuche alguno de los pocos programas de radio destinados a estos temas, o lea artículos relacionados con este mundo, se habrá encontrado repetidas veces con su nombre.
Amigo de dos de los viajeros más famosos y prestigiosos de este país: Manuel Leguineche y Javier Reverte —ambos le han prologado el libro— su mundo laboral se reparte entre sus colaboraciones habituales en la Cadena Ser A vivir que son dos días, Ser aventurero, Pasajero 105, su trabajo como director de la revista de viajes y literatura Cartográphica y, entre viaje y viaje, sigue con sus artículos sobre el fascinante y siempre cambiante mundo del viajero y sus circunstancias, en distintos periódicos y revistas.
Dentro de su amplio currículum, también hay que destacar el hecho de que haya trabajado durante varios años de guía turístico por varios países.
El diente de la ballena (El País/Aguilar), libro que el mismo Chema presentará en la Universitat de Lleida el próximo viernes, nos lleva de la mano de tres viajes distintos, hechos en solitario.
Los tres viajes, sin embargo, tienen un punto en común: se parte de una ciudad moderna y se viaja hasta los rincones donde viven pueblos que aún preservan sus tradiciones más primitivas pero que están, en algunos casos, al borde de la extinción.
El primer viaje parte de Nueva Orleans, cruza Luisiana y Texas, se adentra en tierras mexicanas y allí desde México Distrito Federal, se dirige a visitar a los indios Huicholes. El segundo viaje parte de Dakar, cruza Senegal, pasa por Mali y remontando el río Níger pasa al país del mismo nombre en el que, en una zona cercana a Tchin-Tabaradene, se encuentran los indios Bororo.
El tercer y último viaje que nos relata Chema sale de Moscú, cruza Siberia con el Transiberiano hasta llegar a la capital de Mongolia, Ulan-Bator y desde allí después de visitar el desierto del Gobi, emprende una expedición para visitar al pueblo Tsatan que se encuentra cerca del lago Hubsugul, en la zona fronteriza entre Mongolia y Rusia.
Los libros de viaje tienen una gran tradición dentro de la literatura universal: desde Joseph Conrad a Bruce Chatwin, podemos encontrar infinidad de autores que se han atrevido con este género. Sin embargo, no todos ellos han conseguido contactar con el gran público. La Poción mágica que hace que un libro de viajes pase a ser un libro por el que el lector también viaje, disfrutando y abriendo puertas a la reflexión a todo aquello que se nos va contando, no es, evidentemente, tarea fácil. Los afanes de didactismo, el abuso de información y datos, el exceso de anécdotas intrascendentes... todos estos aspectos son trampas mortales que pueden llevar a que un libro de viajes acabe su andadura en una polvorienta estantería inaccesible.
Chema sin duda alguna ha conseguido dar con una receta magnífica para los amantes de la gastronomía viajera. Si el saber popular afirma, que una buena comida nunca debe hartar, sino al contrario, dejar al comensal aún con un poco de apetito, la verdad es que este libro de Chema Rodríguez nos deja también con las ganas de que nos cuente más.
Manu Leguineche también lo valora así: “En este tipo de libros es esencial el sentido de la medida, de modo que el autor huye del personaje, de la secuencia, de la anécdota, de la descripción, de la historia en cuanto intuye que puede causar fatiga, hartura, tedio (...) Chema no nos ha largado un sermón antropológico, ni etnográfico, ni viajero, ni histórico o geopolítico aunque de todos esos y otros elementos está construido el cañamazo del libro.
El autor pasa, disfruta, se mece en su peripecia, nos trae y nos lleva por una galería de paisajes y personajes tratados con precisión y ternura. Este ha sido uno de los méritos del libro, que nos hemos dejado mecer, que nos hemos dejado llevar”.
Si bien el valor estilístico y formal del libro se hace patente ya en las primeras páginas, me gustaría avisar al lector para que también prestara atención a la evolución personal que también va sufriendo el narrador del primero al último viaje. Su visión y valor de las cosas va cambiando. “Si viajar no te cambia, el viaje no sirve de nada” afirma en una entrevista Javier Reverte.
Chema creo que ha tomado nota de esta frase. Con esa habilidad que tiene de empaparse de todo lo que le rodea, va sufriendo esa transformación que va quedando reflejada en el tratamiento de los personajes respecto al enfoque inicial del viaje.
La mirada del escritor-viajero hacia el ser humano como tal le gana la partida al interés y análisis por el envoltorio cultural y social que lo cubre y, a veces amaga. El trato que da a los personajes que van surgiendo a lo largo del libro, le aporta a la narración una fuerza de conexión con el lector muy importante. La aventura se hace más humana y el lector la vive de manera más próxima.
Curiosamente, en relación con los personajes que aparecen en el libro, Chema nos presenta, en el tercer viaje, a un personaje de Lleida. Gracias a Chema sabremos que este personaje —fácil de identificar y al que creo conocer— se ha apoderado de las tierras de Siberia en nombre de Jordi Pujol i Soley. Si Catalunya carecía de conquistadores, ahora ya tiene uno —y además pacífico—. Esperamos más libros de Chema para seguir disfrutando de sus viajes y, si se tercia, de más curiosidades de los ilerdenses que se mueven por el mundo. Con este ha dado en la diana.
La Mañana 11/04/1999

Comentaris
Publica un comentari a l'entrada